miércoles, 27 de mayo de 2015

SIEMPRE VOLVEMOS A CASA



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De pronto,
camino de mi casa,
me veo rodeado de figuras
con rostros de tormenta y brazos de hojarasca.
Y aquello que fue hermoso
--la luna sobre el río, las aceñas en marcha,
las flores del almendro,
un susurro de amor a mis espaldas…--
ya no basta para tejer un verso
porque me faltan las palabras.

Y de pronto una música
familiar y sencilla
me abraza suavemente.
La niebla se disipa,
los cepos de los pies desaparecen
y los ojos se libran
de aquellas pertinaces telarañas.
Nueva luz me ilumina.

La música es un llanto de dulzaina,
una vieja tonada de mi tierra,
un bolero que es hoy reliquia fría,
como el traje bordado de una fiesta
o una jarra de alfar que ya no gira
del torno en la solícita madera.

Tras el llanto nasal de la dulzaina,
aparece ante mí aquella plazuela,
aquella casa de los tres balcones.
Y huele a primavera,
a aroma de la infancia
que sabe ser eterna.

Yo había crecido aquí junto a las gentes
y cosas que hoy reposan en cenizas,
en polvo de desván vacío, antiguo,
exento de esperanzas y promesas.
Aquí sigue el recuerdo,
aquí sigue la plaza,
y sobre mí el cielo azul
y vuelos de cigüeñas.



Como anillo en el agua
que una piedra al azar provoca ciega,
sigo siendo romero
que camina al origen de  su esencia.
Caminar siempre a casa:
ese es el gran secreto, la gran prueba.
Caminar siempre a casa
aunque nunca se llega.

martes, 28 de abril de 2015

ESTOS OCTUBRES (I)







A escasos dias de la presentación de mi último libro de poesía ESTOS OCTUBRES, publicado por la Editorial Carena, en El Corte Inglés del Portal del Ángel de Barcelona, ofrecezco en este blog una breve muestra de su contenido. 


Hay dos maneras de seguir viviendo:
una, atada al recuerdo, ciega al claro
vivir de los relojes, consumida
por las palabras viejas que han perdido
el aire del presente y por la lluvia
que cae sobre mojado y estropea
las espigas que crecen en nosotros.
La segunda manera de seguir
viviendo es dar camino a las pisadas,
rimar los pasos y la mente al son
que nos marca la música del tiempo
y echar a las espaldas las cenizas
del fuego que ardió un día y ya no quema
ni da el calor que dio a nuestras arcillas.

Es fácil escoger para quien sabe
romper las cartas viejas y limpiar
el polvo que tapó la luz vivida,
y se pone a vivir sin prisa alguna
los primeros minutos de otro día
como si no tuviera más, y el sol
le abriera de repente su camino.
Entre el agua vivida, cauce seco,
que ya no riega el alma como entonces,
y el río que nos lleva hacia adelante,
hacia paisajes nuevos y experiencias
que harán de nuestros barros nuevos cuencos,
será mejor seguir el agua viva
y olvidar de una vez la noria vieja.
Lavarnos de una vez la ropa sucia
y salir como niños sin malicia
a jugar con el sol de la mañana.
Nos veremos mejor unos a otros,
y todos volveremos a reír
tranquila, libremente, sin pensar
en el cielo que aún no trae lluvia.           (2004)



Desprendido de los lazos
que me ataban como un preso
a una falsa libertad,
mezcla de libro y de incienso,
he comenzado a aprender
con corazón y ojos nuevos.
Y mi primera visión
y mi primer sentimiento
es que la vida que andamos
tiene sus reglas del juego
donde al final nadie gana
y donde todos perdemos.
Perdemos la cera limpia
con que soñó nuestro cuerpo,
perdemos ramas, raíces
que nuestro tronco tejieron,
corazones familiares
que Dios detuvo a destiempo
y perdemos, en resumen,
lo que al principio nos dieron.

Pero nadie, nadie puede
quitarnos lo que es más nuestro,
lo que brilla en el diamante
de nuestro propio secreto:
el deseo inquebrantable
de celebrar nuestro encuentro
que tú, hermano, cada otoño
haces vivo y duradero.
Y dejad que os lo repita:
yo lo canto, afirmo y veo,
libre de lazos amargos,
con corazón y ojos nuevos.     (1995)


Octubre es el heraldo del otoño,
de los fríos, las lluvias y las sombras,
pero también del vino y del milagro
de traernos aún algunas rosas.
Viajeros sin vuelta, en el camino
vamos viendo agridulces aventuras,
percances y accidentes familiares
que nos dejan el alma en la penumbra. 
Pero también nos salen al encuentro
infancias renovadas, juegos, cantos,
claridades de niños que se duermen
en la cuna feliz de nuestros brazos.
Y la clara ocasión de revivir
una manojo de ayer y de recuerdos
alrededor de un nombre y una fecha
que cada octubre vuelven a ser nuestros.
Viajeros sin vuelta, siempre estamos,
pese a las sombras del otoño frío,
abiertos a la luz de alguna rosa
que venga a perfumarnos el camino.
Y esperando que el viento favorable
nos empuje hacia el puerto más seguro,
hagamos del viaje una tarea
de siembra y esperanza, como el surco.         (2009)

 

lunes, 1 de diciembre de 2014

POR EL MEDITERRÁNEO





Del pardo otoño
vienen a saludarme
naranjos rojos.
Las naranjitas
entre ramas de esmeralda
producen chispas.
Muere la tarde
lejos en las montañas;
aquí se duerme.
Aquí se duerme,
entre alegres naranjas
y ramas verdes.




En la cafetería Titanic, Fredy Mercury
llama la atención de los paseantes con las manos abiertas 
y un poco más allá, 
bajo el casco del barco, 
los cuatro Beatles cruzan eternamente una calle invisible 
a un paso del Mediterráneo. 





Un chorro de vida mana de todas partes, 
gente que va y viene, 
juega a la petanca 
o se queda embobada contemplando
esculturas de arena de artistas callejeros.
Todo vale para festejar a la vida
y olvidar que el tiempo es una boa insaciable.


¡La Biblioplaya!
Bajo toldos de colores
la gente lee periódicos,
revistas, novelas...
Nosotros miramos hacia el mar.
Leemos lo que tenemos delante:
las pisadas humanas en la arena,
la escritura enigmática de las gaviotas,
los renglones de las olas,
la inclinación de la isla
y los encantos de las nubes nunca quietas.
¡No hay lectura más sugeridora!






La isla Inclinada,
cuña de piedra que navega
de un extremo a otro de la bahía,
siempre está atenta a lo que pasa aquí,
donde acaba el mar, en el paseo,
en la música y el baile de las terrazas,
en la altura descomunal de los rascacielos
de mil ojos, de mil idiomas, de mil suertes…
Los jubilados al sol le echan un pulso a la vida,
riéndose del colesterol y de los riesgos vasculares,
mientras salen y entran en las tiendas
machacándose la paga,
jugando a la petanca
o haciendo yoga sobre la tibia arena de la mañana.
Es como si tuvieran todo el tiempo del mundo,
o como si el mismo mundo estuviera a sus pies
y el tiempo se hubiera detenido en esta parte de la costa,
donde el Mediterráneo siempre es eterno.  


Isla inclinada,
cuña de piedra,
rampa del viento,
mientras ando, navegas el pálido horizonte.
Tobogán de las nubes,
herramienta del sol,
crisol del oleaje,
mientras miro, recuerdas tu trágico mensaje.
Espada de Roldán
y lecho de su amante.
Triste historia de amor
en la que el sol jugó su mejor parte.


La risa de la luna
aparecía de vez en cuando entre los rascacielos
para reírse de nosotros
mientras bajo la tarde de otoño primaveral
caminábamos hacia la calle de la luz y las joyerías,
en busca de un anillo de ámbar del Mar Báltico,
que adornará tu dedo cuando cumplas
otro año más de paz y jubileo.
Y salimos al mar con un paquete de regalo
en mis manos y una sonrisa en tu boca
cuando la luz en olas del paseo
nos ponía otra vez el mar a nuestro alcance
y a la luna en fuga tras unas nubes negras.
En la rampa del hotel,
bajo el paso eterno de los Beatles,
nos dimos un abrazo y no fue por el frío.





Hoy el mar se ha cansado
de respetar las reglas,
de escribir dócilmente,
en paz y en líneas rectas,
de firmar con amor
los labios de la arena.
Hoy escribe torcido,
rebelde, en turbias letras
que emborronan la playa
con sus espumas crespas.
Sólo guarda la calma
la fiel cuña de piedra
de la isla Inclinada
bajo las nubes quietas. 

                                                                            (De La Marina Baja)

 

domingo, 16 de noviembre de 2014

NUEVAS MELANCOLÍAS





La luz que más deslumbra

Y llegaron las lluvias, soledades
de bosques asombrados, alfombrados
de amarillos recuerdos, cien caminos
rodados por las ruedas de mi bici,
centauro de mañanas aún dormidas
en sábanas de niebla y humedad.

Y llegaron los vientos que arrebatan
las verdes esperanzas de los árboles
mientras miro los pálidos celajes
de la tarde que escapa silenciosa
más allá de las altas chimeneas.

Poeta solitario, reelaboro
cada vez más breves,
más etéreos y plácidos poemas.

Nuevas melancolías, nada amargas,
brotan en la pantalla del portátil
como hormigas que buscan nuevos granos
que llevarse a sus hondas galerías.

Y yo las sigo risueño hasta las sombras,
hasta lograr la luz que más deslumbra.



Lo mejor que tenemos de nosotros

Hay voces, luces
que son artificiales,
voces que no nos pertenecen,
luces que llegan y nos traen
fugaces alegrías y enseguida
el olvido las lleva, como el viento
a las hojas de otoño.
Son las voces, las luces
que se quedan atrás en las cunetas
de nuestra vida.
  
Pero son otras voces,
otras luces las que van con nosotros
tejiéndonos el alma desde niños
con hilos de familia
y aventuras de infancia…

Si atendemos un poco,
poniendo el corazón en el empeño,
oiremos esas voces que no mueren,
veremos esas luces que nos llevan
por el camino bueno,  
hacia lo mejor que tenemos de nosotros.

 
Como volcán dormido

La soledad es un dolor callado,
una espada que hiere silenciosa
en la noche lejana y rumorosa
el pecho atento de un enamorado.
  
Yo tuve ese dolor, fielmente atado
a mi columna cruel y tormentosa,
y no hubo en mi una risa ni una rosa
que pudieran librarme del cercado.
  
Cuando quiso, pasó de largo. Nada
deja escrito en el azar cambiante:
siempre espera como volcán dormido.
  
Mas dejó tan honda huella en mi morada,
que me hice a su herida como amante
que no puede olvidar a quien le ha herido. 

                   (De Autobiografía del otoño)

 

miércoles, 29 de octubre de 2014

EN LA PLAZA DE LA INFANCIA









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                                                                 A Claudio Rodríguez
 I.

Estoy en la plaza de la infancia, en vano
busco aquellos balcones y aquel aire
que movía la hiedra enamorado.
Sólo siento pasar
el río del tiempo por mi alma,
pasar sin luz y ausente.
No le importa a la ciudad impávida
que yo haya vuelto como el hijo pródigo
a su muralla antigua y traicionada.

El Duero sigue
desmadejando el agua en las  azudas.
Y no tiembla mi mano al saludarle
 ni al despedirme de él. Todo me sabe
a eternidad diaria,
al fuego del vino o la aceitada.
Estoy en la plaza de la infancia,
un recinto donde se rompe el sueño
con el ruido de mis pasos,
y la casa en que nací es hoy hostal,
sin memoria de aquellos tres balcones
y el aire que movía aquella hiedra.




II.

Yo he venido a mi tierra para librarme el alma
de las dulces celadas del pasado,
azudas y vencejos, amigos y aventuras
de otros cielos quemados, de otras aguas vividas.

¿Misión cumplida? De repente,
de retorno al hotel de madrugada,
me topo con tu calle, Claudio amigo y poeta,
y resbalo de nuevo y casi vuelvo
a caer en las dulces telarañas.

Con Abrantes he hablado todavía
de ti y de tu silencio, de versos aprendidos
a la orilla del río, en las cantinas
con un vaso de vino entre las manos.
Y he sentido otro vino bajarme por las sendas
más débiles del alma, y la ebriedad
de las rosas antiguas me ha vencido.





III.

Y sé que luego, pronto, cuando doble
la esquina de la noche y me reciba
la tierra de adopción bajo otro cielo,
algún jirón del alma habré dejado
en esta tierra nuestra de traiciones
y perdones profundos. Sigue aún
la herida abierta y pesan demasiado
las viejas emociones en el alma.
Sigue siendo difícil escaparse
del todo de estos vientos de la tierra
por donde van palabras de aceitadas
de azudas, de murallas, de vencejos…

martes, 14 de octubre de 2014

DE VUELTA A LA PINEDA



He vuelto a La Pineda, a su calma dormida
sus palmeras de luz y sus pinos de hierro.
Y aún hay chiringuitos y hamacas en la arena,
a pesar de que octubre tiene fama de brujo
y convierte de pronto los paseos en ríos,
las risas en silencios y en noches las mañanas.
Pero es casi primavera en vestidos y en ánimos
y la gente mayor se agolpa en las terrazas,
al sol, junto al vermut, soñando más que nunca
que la vida es un trago en honor a la edad.
He vuelto a ver las olas dormidas en espumas
y los mástiles quietos en el verde horizonte,
y he pensado de pronto que también necesito
olvidar que es otoño y que soy ya mayor,
y camino despacio como en un sueño bueno
que me regala todo y me quita mil años.


Es noche de palmeras apagadas,
de escenario de hotel iluminado
por la cálida música del sur,
de guitarras, de vuelos encendidos,
jardines andaluces y violines
que lloran en las fuentes
entre rosas de amores
que murieron en noches como esta
en que el cielo se cubre de amenazas,
de lluvias otoñales.
Han caído unas gotas en la mesa que ocupo,
pero suena la melancolía Falla
y en  la tarima los tacones
de las bailarinas cantan mil coplas,
y me sumo en el sueño de otro tiempo
vivido en algún patio de Granada,
aunque este ballet españo,
de faldas con volantes y abanicos,
esté preparado sólo para turistas.